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El regreso de Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist

 
 
Urgente24.com  |31/10/2015 Compartir Urgente24 twitter facebook rss urgente24.com google plus
 
 
 
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El regreso de Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist

Karl Stig-Erland Larsson nació en Skelleftehamn, Västerbotten (Suecia), el 15/08/1954, y falleció en igual país pero en Estocolmo, el 09/1172004. Larsson fue periodista y novelista, que saltó a la fama tras su muerte, con la publicación de la trilogía de novelas policiacas 'Millennium' (Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, y La reina en el palacio de las corrientes de aire). El legado de Larsson provocó un enfrentamiento entre su compañera sentimental Eva Gabrielsson, vs. el padre y el hermano del escritor (Erland y Joakim, respectivamente), quienes recibieron la millonaria herencia, que incluye todos los derechos de sus obras así como la manera de gestionar lo que dejó escrito. Gabrielsson dice que Larsson abandonó el hogar familiar a los 18 años para vivir con ella, casi sin mantener contacto con su padre y hermano. La trilogía 'Millenium' asomó a muchos lectores a la lit eratura policial 'negra' escrita en el norte del Europa (Asa Larsson, Camila Läckberg y Arnaldur Indridadson, etc.). Erland y Joakim Larsson eligieron a David Lagercrantz, coautor de una popular autobiografía del futbolista sueco Zlatan Ibrahimovic, para escribir 'Millenium 4' ('Det som inte dödar oss' o 'The Girl in the Spider's Web' o 'Lo que no te mata te hace más fuerte'), y mantener con vida el mundo protagonizado por Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander.

Noomi Rapace como Lisbeth Salander y Michael Nyqvist como Mikael Blomkvist.

CIUDAD DE BUENOS AIRES (Urgente24). David Lagercrantz escribió 'Millenium 4' ('Det som inte dödar oss' o 'The Girl in the Spider's Web' o 'Lo que no te mata te hace más fuerte'), y escribirá 2 libros más con el popular personaje de la hacker Lisbeth Salander. El 5to. libro será publicado en 2017 y el 6to. probablemente en el 2019, informó el editor Norstedts. Las 651 páginas de 'Lo que no te mata te hace más fuerte' ha vendido 80 millones de copias desde que fue lanzado al mercado en agosto, sólo en USA. El texto es ajeno al manuscrito inacabado que dejó Stig Larsson antes de morir y que estaba en poder de Eva Gabrielsson, su pareja durante 32 años (pero al no estar casados, Gabrielsson no tuvo derecho alguno sobre la obra de Larsson, que pasaron a su padre y hermano). Lagercrantz, considerado un experto en biografías, logra instantes muy parecidos a lo más destacable de “Millennium 1: Los homb res que no amaban a las mujeres”.
 
'Millennium' es una saga para todo público pero la 4ta. entrega contiene varias reflexiones profundas sobre el periodismo y las empresas detrás de quienes lo practican. En la historia se habla de medios que podrán publicar contenidos de calidad pero que a la vez sufren para generar recursos, por lo que deben buscar accionistas nuevos, y por ello poner su credibilidad sobre una débil cuerda floja. Mikael Blomkvist, Erika Berger y los empleados de la revista 'Millenium' deberán, como ocurrió en algunas partes de las entregas previas, escuchar propuestas de empresas que quieren invertir en su producto. ¿Hasta dónde es que una empresa periodística puede ceder a cambio de sobrevivir? La historia de 'Millennium' es la historia de Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist, unidos a cientos de kilómetros de distancia. Pero la gran temática de 'Millennium 4', además de los hackers, es la inteligencia artificial (IA), vista como la disciplina que busca crear máquinas o sistemas computarizados que desarrollen actividades que hasta hoy son usualmente humanas. Tema muy bueno para debatir.
 
Aquí el capítulo 1 del libro, titulado 'Principios de noviembre':
 
 
Frans Balder siempre se había considerado un pésimo padre.
 
A pesar de que August ya tenía ocho años, Frans apenas había intentado asumir su papel, y lo cierto es que tampoco ahora se sentía muy cómodo con su cometido. Pero esa su deber, así lo veía él. El chico lo estaba pasando mal en la casa de su exmujer y de ese maldito novio suyo, Lasse Westman.
 
Por ese motivo, Frans Balder había dejado su trabajo en Silicon Valley y había regresado a su país. Justo ahora se hallaba en el aeropuerto de Arlanda, prácticamente en estado de shock, esperando un taxi en la calle. Hacía un tiempo infernal. La lluvia y las violentas ráfagas de viento de la tormenta le azotaban la cara mientras, por enésima vez, se preguntaba si habría tomado la decisión correcta.
 
Aunque se contaba entre los tipos más ególatras del mundo, se iba a convertir en padre a tiempo completo: una auténtica locura. Como si se le hubiera ocurrido trabajar en el zoológico, ¿qué más le daba? Si no sabía nada de niños y, en realidad, tampoco mucho de la vida en general…Pero lo más raro de todo era que nadie se lo había pedido. Ni la madre del chico ni ninguna de las abuelas lo habían llamado para suplicarle que asumiera su responsabilidad.
 
La decisión era suya y sólo suya, de nadie más. Y ahora tenía previsto –desafiando una antigua sentencia de custodia, y sin ningún tipo de advertencia previa- presentarse sin más en casa de su exmujer y llevarse a su hijo. Seguro que se armaba un bueno lío; lo más probable era que esa condenada bestia de Lasse Westman le diera una paliza. Pero así estaban las cosas, se dijo al meterse en el taxi de una taxista que masticaba chicle como una posesa mientras intentaba darle conversación. No lo habría conseguido ni en uno de sus mejores días: Frans Balder no era muy hablador.
 
Se limitó a permanecer callado en el asiento trasero pensando en su hijo y en todo lo que había pasado últimamente. August no era el único ni el principal motivo por el que había decidido dejar Solifon. Su vida se hallaba ahora en una encrucijada, y por un instante se preguntó si en realidad tendría resto para afrontarlo todo. Sentado en aquel coche, de camino al barrio de Vasatan, creyó que las fuerzas lo abandonaban y tuvo que luchar por reprimir el impulso de mandarlo todo a la mierda. Ya no podía echarse atrás.
 
El taxi lo dejó en Torsgatan. Pagó, se bajó y dejó el equipaje en la puerta de entrada tras sacarlo del baúl. Lo único que tomó al subir la escalera fue una valija vacía decorada con un colorido mapamundi y comprada en el aeropuerto de San Francisco. Al llegar arriba se detuvo un momento jadeando ante la puerta con los ojos cerrados. Se imaginó violentas broncas y arrebatos de locura, y pensó que si así fuera, ¿quién podría reprocharles nada? Nadie aparece de buenas a primeras para sacar a un niño de su casa; ni siquiera un padre cuyo compromiso hasta entonces se había limitado a ingresar dinero en una cuenta corriente. Sin embargo, ahora se trataba de una emergencia; o al menos así lo veía él. De modo que, por muchas ganas que tuviera de salir corriendo de allí, inspiró hondo y tocó el timbre.
 
Al principio no parecía que hubiera nadie en casa, pero de pronto la puerta se abrió bruscamente y Lasse Westman apareció ante él con sus intensos ojos azules, su imponente tórax y sus enormes manazas, que a Frans se le antojaron hechas para infligir daño y que habían sido las causantes de que le ofrecieran tantos papeles de malo en la gran pantalla, aunque ninguno tan malo –de eso estaba convencido Frans Balder. Como el que interpretaba en la vida real.
 
-¡Bueno!. –exclamó Lasse Westaman-. ¡Qué sorpresa! El gran genio en persona en nuestra casa.
 
-Vengo a buscar a August- le dijo Frans.
 
-¿Qué?
 
-Pienso llevármelo conmigo, Lasse.
 
-¿No lo dirás en serio?
 
-Nunca lo he dicho más en serio –contestó al tiempo que su exmujer salía de una habitación situada a la izquierda. Y, aunque era cierto que no tenía la misma belleza que antaño –demasiado maltratada por la vida y tal vez demasiado tabaco y alcohol-, una inesperada ternura se apoderó de él al verla, especialmente al descubrirle un moretón en el cuello. Además, ella, a pesar de todo, pareció querer darle la bienvenida y decirle algo amable. Pero no le dio tiempo a abrir la boca.
 
-¿Y a qué viene este repentino interés? –quiso saber Lasse Westaman.
 
-A que ya es suficiente. August necesita un hogar tranquilo.
 
-¿Y se lo vas a dar tú, profesor Tornasol? ¿Desde cuándo haces otra cosa distinta a clavar la mirada en una pantalla de computadora?
 
-He cambiado –dijo sintiéndose patético, y no sólo porque dudara de ello.
 
Tembló cuando Lasse Westman se la cercó con inmenso cuerpo y una rabia contenida. De pronto, le quedó abrumadoramente claro que no podría oponer resistencia alguna si ese loco lo atacaba y que todo aquello, de punta a punta, era una absoluta insensatez. Pero, por extraño que pudiera parecer, no le provocó ningún arrebato de cólera, no hubo ninguna escena; se encontró tan sólo con una adusta sonrisa a la que siguieron estas palabras.
 
-Eso es fantástico.
 
-¿Cómo?
 
-Que ya era hora. ¿O no, Hanna? Por fin un poco de responsabilidad por parte de don Ocupado. ¡Bravo, bravo! –continuó Lasse Westman mientras aplaudía algo teatralmente.
 
Tiempo después, Frans Balder se dio cuenta de que en realidad lo que más le había asustado en ese momento fue esos: la facilidad con la que permitieron que el niño se fuera. Sin casi protestar – si acaso sólo de forma muy simbólica- le dejaron llevarse a su hijo. Tal vez porque veían a August sobre todo como una carga. Difícil de saber. Hanna, con las manos temblorosas y la mandíbula tensa, le lanzó una miradas nada fáciles de interpretar. Pero a Frans le preocupaban las pocas preguntas que le hizo: debería haberlo sometido a un interrogatorio, haberle impuesto miles de exigencias y condiciones y haberle manifestado su inquietud por los cambios que aquello supondría en la rutina del chico. No obstante, lo único que acertó a decir fue:
 
-¿Estás seguro? ¿Vas a poder?
 
-Estoy seguro –contestó. Acto seguido fueron a la habitación de August. Y por primera vez en más de un año, lo cual le daba mucha vergüenza, Frans pudo ver a su hijo.
 
¿Cómo podía haber abandonado a un chico así? Tan lindo y tan maravilloso, con ese abundante pelo enrulado, su delgado cuerpo y aquellos ojos azules y serios que ahora se hallaban sumidos de lleno en el enorme rompecabezas de un barco velero. Todo su ser parecía pedir a gritos que nadie lo molestara. Frans avanzó despacio, como si se acercase a una criatura extraña e imprevisible.
 
Aun así, consiguió sacar al chico de su ensimismamiento, hacer que le tomara la mano y que lo acompañase al pasillo. Nunca lo olvidaría. << ¿Qué habrá creído?>> El chico no lo miró, tampoco a su madre; y, naturalmente, ignoró todos aquellos gestos y palabras de despedida. Se metió con Frans en el ascensor y ambos desaparecieron. Sin más. Así de sencillo.
 
August era autista. Quizá también retrasado, aunque respecto a este tema, curiosamente, nadie había emitido un diagnóstico definitivo. De hecho, al verlo de lejos, uno podía pensar que ése no era su caso: su exquisito y concentrado rostro irradiaba una nobleza digna de un rey o, al menos, un aura que manifestaba que no merecía la pena preocuparse por el mundo circundante. Pero al contemplarlo de cerca se podía apreciar que su mirada estaba cubierta por un fino velo que lo separaba de la realidad; por si fuera poco, aún no había llegado a pronunciar su primera palabra. 
 
Con eso contradijo todos los pronósticos que le habían hecho cuando contaba dos años de edad. En aquella época, los médicos concluyeron que lo más probable era que August perteneciera a esa minoría de niños autistas que no sufrían una disminución de su inteligencia, y que, si se lo sometiera a una intensa terapia, las perspectivas, a pesar de todo, serían bastante buenas. Pero nada fue como esperaban y, a decir verdad, Frans Balder no sabía qué había ocurrido con todas esas sesiones de terapia y apoyo, ni con la escolarización del chico. Frans había vivido en su propio universo; se marchó a Estado Unidos y acabó entrando en conflicto con todo el mundo.
 
Había sido un idiota. Pero ahora se había propuesto saldar su deuda y ocuparse de la educación de su hijo. Empezó fuerte: reclamó todos sus historiales, contactó con especialistas y pedagogos, y tardó muy poco en darse cuenta de que el dinero que había ido  enviando nunca se puso a disposición del niño sino que debía de haberse destinado a otros fines; seguro que para pagar la disoluta vida de Lasse Westman y sus deudas de juego. Daba la sensación, más que nada, que el chico había sido abandonado a su suerte –lo que habría propiciado que sus compulsivos hábitos empeoraran- y de que probablemente había vivido experiencias aún peores. Ésa era la razón por la que Frans Balder había regresado a casa.
 
Un psicólogo lo había llamado preocupado por unos misteriosos moretones que el niño presentaba en el cuerpo y que Frans también había visto. Los tenía por doquier: en los brazos, en las piernas, en los hombros y en el pecho. Según Hanna, había sido el propio August el que se los había hecho en el transcurso de los ataques que le daban, durante los cuales se mecía convulsivamente de un lado para otro. Ya que el segundo día, Frans pudo presencia uno de estos ataques, lo que le dio un susto de muerte, Pero no vio la relación con los moretones.
 
Sospechó que allí había violencia, y por ello solicitó la ayuda de un médico y un expolicía a los que conocía. Aunque éstos no pudieron confirmar sus temores, Frans se fue indignado cada vez más y se puso a redactar toda una serie de escritos y denuncias. Casi dejó desatendido al chico. Y se dio cuenta de lo fácil que resultaba: August se pasaba la mayor parte del tiempo sentado en el suelo de su habitación, en aquella casa de Saltsjöbaden con vistas al mar, entretenido con alguno de sus rompecabezas de enorme dificultad compuestos por centenares de piezas que el chico ensamblaba con gran virtuosismo para, acto seguido, deshacerlos y empezar de nuevo.
 
Al principio, Frans se lo quedaba mirando fascinado; era como ver a un gran artista en acción. En algunas ocasiones lo inundaba la ilusión de que en cualquier momento el chico alzara la vista y le hiciese algún comentario sensato, como si fuera un adulto. Pero August nunca pronunciaba ni una sola palabra. Y si levantaba la mirada del rompecabezas era para dirigir  los ojos hacia el ventanal y hacia el brillo del solo que se reflejaba en la superficie del agua. Así que Frans lo dejó sentado allí solo y tranquilo, en paz. Además, lo cierto era que no salía mucho con él, salvo algún que otro rato al jardín.
 
Oficialmente aún no podía hacerse cargo del chico, y no quería poner nada en juego hasta que todas las formalidades jurídicas estuvieran resueltas, por lo que dejó que su asistente, Lottie Rask, se ocupara de las compras, así como de la cocina y la limpieza. A Frans Balder no se le daba muy bien esa parte de la cotidianeidad. Dominaba las computadoras y los algoritmos, por poco más, y cuantos más días pasaban más tiempo dedicaba a ellos y a atender la correspondencia de los abogados. Y por las noches dormía tan mal como cuando estaba en Estado Unidos.
 
A la vuelta de la esquina le esperaban todo tipo de querellas y tormentos, de modo que cada noche se tomaba una botella de vino, por lo general Amarone, algo que sólo ayudaba a mejorar su estado a corto plazo. Empezaba a sentirse cada vez peor y a soñar con esfumarse o largarse a algún lugar perdido, lejos de la civilización. Hasta que, de pronto, un sábado de noviembre ocurrió algo.
 
Era una noche ventosa y desapacible; August y él paseaban por Ringvägen, por el barrio de Söder, ateridos. Habían estado cenando en casa de Farah Sharif, en Zinkens väs. Hacía ya tiempo que Auguste debería haberse acostado, pero la cena se alargó y Frans Balder habló más de la cuenta, una barbaridad. Farah Sharif poseía ese don: hacía que la gente abriera su corazón y se sincerara. Ella y Frans eran amigo desde que habían estudiado informática en el Imperial College de Londres. 
En la actualidad, Farah era un de las pocas personas del país que estaban a su altura; o, al menos, una de las poquísimas que más o menos podían seguir el hilo de su pensamiento. Para Frans, estar con alguien que lo entendiera suponía un enorme alivio.
 
Además, se daba el caso de que ella lo atraía, pero a pesar de que lo había intentado varias veces nunca había conseguido seducirla. A Frans Balder no se le daba bien seducir a las mujeres. Esa noche, sin embargo, ella le dio un abrazo de despedida que casi se convirtió en un beso, lo que él interpretó como un avance.
 
En eso estaba pensando cuando August y él pasaron por delante del campo de fútbol de Zinkensdamm.
 
Frans decidió que la próxima vez llamaría a una niñera y que entonces quizá… ¿Quién sabía? Mientras Frans dirigía la mirada hacia Hornsgatan, hacia el cruce donde pensaba parar un taxi o tomar el subterráneo hasta Slussen, oyó el cercano ladrido de un perro y, a su espalda, una voz de mujer que gritaba algo con un tono enojado de la calle a un hombre de unos cuarenta años y de aspecto desaliñado que le resultaba vagamente familiar. Acto seguido, cogió a August de la mano. Quería asegurarse de que su hijo se iba a quedar en la vereda.
 
Y entonces se percató de algo raro: su mano estaba en tensión, el chico había reaccionado de forma muy intensa ante alguna cosa. Por si fuese poco, sus ojos tenían una mirada profunda y clara, como si ese velo que se la cubría se hubiese esfumado de repente, como por arte de magia y, en lugar de perderse en la sinuosidades de su propia mente, hubiera comprendido en ese instante algo más profundo y trascendental acerca de ese cruce de peatones y de ese semáforo.
 
Por eso, cuando se puso verde, Frans se quedó quieto para dejar que su hijo contemplara la escena. Y sin saber muy bien por qué, le embargó una gran emoción, cosa que se le pareció rara, pues al fin y al cabo no se trataba más que de una mirada, un mirada ni siquiera particularmente luminosa o alegre. Aun así, a Frans le provocó unos recuerdos lejanos y olvidados que llevaban años durmiendo en su memoria. Y, por primera vez en mucho tiempo, una cierta esperanza invadió sus pensamientos.
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