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"Intentemos el camino de la reconciliación"

 
 
Urgente24.com  |19/12/2015 Compartir Urgente24 twitter facebook rss urgente24.com google plus
 
 
 
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"Intentemos el camino de la reconciliación"

Al precandidato a presidente del PRO le preguntaron qué libros se llevaría a una isla desierta y respondió "El manantial", de Ayn Rand. Pero también "La sonrisa de Mandela", de John Carlin; y "La fiesta del chivo", de Mario Vargas Llosa. Laura Alonso recordó: "Mauricio leyó, nos recomendó y nos regaló a muchos del PRO "La sonrisa de Mandela", del periodista John Carlin. Mandela fue el presidente de la reconciliación de Sudáfrica, el presidente que logró la unión sudafricana, entre afrikaners y población negra, y lo hizo sin revancha, sin negar a los que piensan distinto, sino incorporándolos. Nunca Mandela negó ni buscó revancha en contra de aquéllos que lo habían encerrado por 27 años, en contra de aquellos que habían asesinado en masa a miles de personas negras. Es la lección de Mandela, que Mauricio comprendió e interpretó". El relato fue corroborado por Giselle Rumeau en el diario El Cronist a: "Hace pocos meses, cuando la posibilidad de llegar a la Casa Rosada era aún un sueño brillante, Mauricio Macri llegó a la reunión de Gabinete porteño cargado con varios ejemplares de su libro favorito. A cada uno de sus ministro le regaló "La sonrisa de Mandela", la autobiografía del ex presidente de Sudáfrica, con un recomendación que sonó a orden: "Léanla. Eso es lo que quiero que hagamos si somos Gobierno", les dijo." Bueno, aquí un fragmento del capítulo "Grandes Esperanzas", del libro citado:

"(...) Cuando la rueda de prensa finalizó, ocurrió algo que yo no había visto antes ni he vuelto a ver en mis treinta años cubriendo actos de políticos: como si nos hubiera hipnotizando para hacernos olvidar que éramos periodistas haciendo nuestro trabajo, burlándose de nuestras pretensiones de objetividad, nos arrancó una larga ovación que salía de lo más profundo de nuestros corazones. (...)"

por JOHN CARLIN
 
La imagen de Mandela saliendo de la cárcel el domingo 11 de febrero de 1990 con el puño en alto, es una de las más memorables del siglo XX. La recordamos como una ocasión cargada de significado político, ya que marcó el principio del fin de una las tiranías más abominables. Lo que es posible que la gente ya haya olvidado es que entonces satisfizo una inmensa curiosidad. Aunque durante una década Mandela había sido el preso más famoso del mundo, nadie sabía exactamente qué aspecto tenía y aún menos qué clase de persona era. Los fotógrafos llevaban meses acampados a las puertas de la cárcel, cerca de Ciudad del Cabo, sin saber si el gobierno lo soltaría discretamente por la puerta de atrás y sin previo aviso. Y también tenía otro problema: No sabían cómo reconocerlo si salía sin ser anunciado. Uno de ellos preguntó a uno de los guardias blanco para que lo orientara. El hombre contestó: "no se preocupe, cuando lo vea sabr á exactamente quién es. No hay otro como él".
 
El guardia tenía razón. Alto, delgado y radiante con su traje gris a medida y su corbata azul, Mandela salió de la cárcel una tarde soleada con todo el aspecto de un rey.
 
Sin embargo, ese día no todo fue como parecía. A pesar de que la Sudáfrica negra y la mayor parte del mundo recibieron la noticia con alborozo, entre bastidores se respiraba una pesada inquietud. Tanto los miembros del gobierno que lo habían liberado como sus partidarios del African National Congress (ANC) o Congreso Nacional Africano (CNA) temían, cada uno a su manera, haber desencadenado un fenómeno que ninguno de ellos sería capaz de controlar. La percepción imperante entre la clase política en ese momento era que la puesta en libertad de Mandela abriría una nueva fase de negociaciones que culminaría con la abolición del apartheid y el establecimiento de un nuevo orden democrático. Nadie albergaba la menor duda de que, en el mejor de los casos, el proceso sería lento, arduo y delicado.  En las altas instancias del gobierno y del ANC cundía la preocupación de que Mandela pudiera desestabilizar todo el proyecto antes incluso de que se pusiera en marcha.
 
Mi preocupación en aquella época –por lo que sé, ampliamente compartida- era si Mandela estaría a la altura de su propio mito o si acabaría resultando una terrible decepción. Y debo decir que al final de su primer día como hombre libre no estaba seguro de cuál era la respuesta. Verlo fue una cosa; oírlo hablar unas horas más tarde, otra muy distinta. Su primer discurso como hombre libre resultó un fiasco, lo mismo que los acontecimientos posteriores a las primeras imágenes de su salida de la cárcel.
 
De los cientos de millones de personas que vieron ese momento en directo por televisión, la gran mayoría de ellas prefirió disfrutar de ese breve instante. La campaña "Libertad a Nelson Mandela" había ido creciendo durante toda una década hasta convertirse en un clamor mundial y en la única causa política de la Guerra Fría que no enfrentaba a ambos bandos. Cuando la audiencia mundial lo vio salir como un hombre libre, cabía suponer que los allí presentes responderían tal como exigía el guion: aplaudiendo, sonriendo, derramando lágrimas y brindando por Mandela. Dado el significado histórico de ese día, habrían tenido sobradas razones para hacerlo.
 
Para aquellos de nosotros que cubríamos de cerca el acontecimiento en el extremo del continente africano que Francis Drake había denominado "el más bello de los cabos", la realidad fue menos gloriosa. Si uno prescindía del mágico primer minuto durante el cual Mandela y su formidable  esposa, Winnie, habían cruzado las puertas de la cárcel de la mano, la verdad es que el resto fue un rotundo fracaso. Y también un caos. Mandela tenía previsto acabar el día dando una conferencia de prensa ante una multitud de periodistas llegados de todo el mundo a Ciudad del Cabo, pero hubo que retrasar el programa completo debido a la incapacidad de sus hombres para controlar a sus seguidores y a la del gobierno a la hora de refrenar los brutales impulsos dela policía. La conferencia de prensa hubo de posponerse hasta la mañana siguiente, lo cual hizo sino reforzarlos prejuicios de los observadores menos favorables que llevaba tiempo bromeando con que l os miembros del ANC, lejos de estar preparados para negociar con el gobierno, eran unos incapaces.
 
Para empezar, la liberación de Mandela se produjo dos horas más tarde de lo previsto porque su mujer, Winnie, "la Madre de la Nación", se había retrasado a la hora de tomar el vuelo de Johannesburgo a Ciudad del Cabo, que estaba a treinta minutos en coche de la cárcel. (Según un ministro del gobierno con quien hablé mucho después, ella se retrasó en la peluquería.)  
 
Segundo, el discurso de Mandela en la Grande Parade, la mayor plaza de Ciudad del Cabo, tuvo lugar no a las tres, tal como estaba programado, sino cinco horas más tarde, cuando ya había empezado a oscurecer. Entretanto, jóvenes gamberros negros (aparentemente seguidores del AC) y policías blancos de gatillo fácil habían destrozado la plaza y sembrado dudas acerca de la seguridad de Mandela. Por su parte, a este lo habían metido rápidamente en un coche nada más salir de la cárcel y apartado de las miradas del público. 
 
Durante varias horas la prensa no supo nada de su paradero. Al final resultó que su comitiva se había escondido en un callejón apartado de un barrio blanco de Ciudad del Cabo a la espera de que pasara el peligro. Más adelante me enteré de que Mandela bajó la ventanilla de su coche para saludar a una pareja de sorprendidos jóvenes blancos que habían salido a pasear a sus gemelos recién nacidos. Por suerte era un matrimonio liberal que accedió gustoso a la petición de Mandela que le permitieran abrazar a las criaturas metiéndoles en el coche a través de la ventanilla.
 
Cuando por fin él consiguió llegar a la Grande Parade para su discurso, en la enorme plaza quedaba menos de la mitad de la gente que la había abarrotado al mediodía de la mitad. La violencia que había tenido lugar en la plaza, el abrasador claro del verano o simplemente la necesidad de atender asuntos domésticos había convencido a la mayoría de seguidores y curiosos de que era mejor que se saltaran aquella cita con la historia y siguieran del devenir de los acontecimientos por televisión.
 
La verdad es que no se perdieron gran cosa. Con la ayuda de unas gafas de montura metálica que lo hacían parecer más viejo que cuando había salido de la cárcel, Mandela leyó un texto preparado. Puede que fuera la creciente oscuridad o el bajo estado de ánimo del público, tal vez simplemente las emociones del día hubieran agotado sus energías; quizá fue lo poco conmovedor de las palabras del discurso que leyó, una vulgar lista de predecibles reclamaciones políticas y de eslóganes trillados; el caso es que no se trató precisamente de un discurso que leyó, una vulgar lista de predecibles reclamaciones políticas y de eslóganes trillados; el caso es que no se trató precisamente de un discurso arrebatador. Incluso dio un titular a quienes estaban deseosos de retratarlo como un terrorista no reformado cuando declaró que la "lucha armada" iba a continuar.
 
Lo cierto era que difícilmente se podía hablar de verdadera lucha armada. La ANC era el movimiento guerrillero más inepto del mundo. Antes de llegar a Sudáfrica, yo había pasado seis años en América Central, donde había sido testigo de las operaciones militares de guerrillas, entre otras las de El Salvador, cuya inferioridad numérica antes unas fuerzas armadas entrenadas por Estados Unidos no les había impedido asaltar guarniciones militares y demostrar una disciplina, un coraje y un arrojo que hacía pensar en los Vietcong. Es posible que el brazo armado del ANC, autobautizado grandilocuentemente como Umkhonto we Sizwe (que significa "La Lanza de la Nación"), tuviera un valor considerable, pero resultaba prácticamente inútil. De tanto en cuanto hacía estallar alguna bomba, pero estaban tan infiltradas por los servicios de información militares y de la policía que a menudo las autoridades del apartheid sabían más de sus frustradas operaciones que los propios líderes del movimiento, todos ellos exiliados.
 
Mandela también habló de nacionalizar las minas de oro y diamantes que constituyen la principal fuente de riqueza de Sudáfrica. Sus palabras provocaron un escalofrío entre las clase empresarial blanca, que siempre, que siempre había temido que fuera un comunista oculto. Cualquier analista político sabía que, tras la reciente caída del Muro de Berlín y el colapso del comunismo en general, cualquier sugerencia de poner en marcha ese tipo de política económica o era más allá de mantener vivo el fuego de la rebelión entre los fieles del ANC.
 
Un poco de brío a lo Martín Luther King hubiera animado un poco la situación, pero en seguida se hizo tristemente patente que la oratoria no era el fuerte de Mandela, al menos si sus discursos los habían escrito otros. Habló en un tono monótono sin llegar  tocar ninguna fibra sensible. Nade de conmovedoras reiteraciones, nada de pausas enfáticas, apenas un gesticulación. Tal como me dijo el arzobispo Desmond Tutu, que era un brillante orador y que con el tiempo se convertiría en íntimo de Mandela, "no diría que este fuera uno de esos hombres que enardecen a las masas con su palabra".
 
Aun así (...) la noche de su liberación, Mandela dejó una pequeña perla retórica: "Aquí estoy ante vosotros –declaró-, no como profeta, sino como un humilde servidor de todos vosotros, el pueblo". Desgraciadamente, el impacto después palabras quedó diluido por la monotonía con que fueron dichas. El último discurso que había pronunciado había sido en 1964, durante un juicio en el que se enfrentaba a una posible condena a muerte. Sus palabras  finales aparecieron en multitud de antologías. Dijo: "He luchado contra la dominación  blanca y la dominación negra, he acariciado el ideal el ideal de una sociedad democrática y libre donde todos los hombres convivan en armonía e igualdad de oportunidades. Se trata de un ideal por el que espero vivir y que aspiro ver hecho realidad. Pero si las circunstancias me los exigen, también es un ideal por el que estoy dispuesto a morir".
 
Lo mejor que Mandela hizo en ese momento, en el histórico día de su liberación, fue finalizar su discurso citado esas mismas palabras de años atrás. Sin duda era magnífica, pero no dejaba de ser una sorpresa que no hubiera sido capaz de idear algo más grandilocuente o más apropiado para la ocasión. Mi primer y deprimente pensamiento fue que sus mejores días habían quedado ya atrás; el segundo, que seguramente aquel discurso se lo había escrito algún burócrata del ANC con instrucciones precisas para que amortiguara el brillo de su mesías.
 
Intencionadamente o no, el discurso constituyó una decepción para todo el mundo, excepto para los líderes del ANC. Incluso lo fue para el gobierno blanco de Pretoria. Para mí y otros muchos periodistas que estuvimos allí, el contraste entre las esperanzas que Mandela había despertado y la decepcionante realidad de sus primeras palabras resultó abrumador. Sin embargo, los líderes de la revolución se daban por satisfechos. Llevaban meses inquietos por la posibilidad de que Mandela, que había entablado negociaciones a espaldas del ANC con el gobierno durante su estancia en la cárcel, pudiera tener sus propios planes o, lo que era incluso peor, que la empezara a fallar la cabeza. Muchos recelaban de él. ¿Se había convertido acaso en un peón del gobierno?
 
¿Y si los responsables del apartheid lo estaban utilizando para dividir al ANC? ¿Se había equivocado el ANC al realzar su personalidad hasta el punto de convertirlo en la encarnación de la lucha por la libertad en la mente de todo negro sudafricano? Y lo que podía ser un escenario de pesadilla que algunos contemplaban: ¿y si había sido manipulado astutamente para convertirlo en el caballo de Troya del apartheid? El ANC sabía que el poder de la palabra de Mandela era tal que, dijera lo que dijera tras su liberación, diera las órdenes que diera, la gente lo seguiría. Aquel discurso, aquel texto, era una demostración de fuerza del movimiento  de liberación, diera las órdenes que diera lo que dijera tras su liberación, diera las órdenes que diera, la gente lo seguiría. Aquel discurso, aquel texto, era una demostración de fuerza del movimiento de liberación que buscaba la manera de refrenar y controlar al viejo.
 
El alivio que sintió el gobierno fue aún mayor si sabe. El Partido Nacional (NP), en el poder, temía que habiendo liberado a Mandela, lejos de haberle tendido una trampa, podía haber caído en un engaño y que las dulces palabras de reconciliación, que había mantenido solo fueran eso: simples palabras. Temían lo que el jefe de los servicios de inteligencia sudafricanos, Niel Barnard, me describiría más tarde como "el factor ayatolá"; es decir, que al  igual que hizo el ayatolá Jomenei cuando regresó a Irán, Mandela exhortara a sus seguidores a derruir el antiguo orden y a echar a los blancos al mar, según la frase en boga en aquella época entre los militantes negó más exaltados. Ese no había sido de ningún modo el mensaje de aquel primer discurso, de modo que Barnard y los miembros del gobierno que como él habían apoyado la liberación de Mandela -igual que los líderes apoyado la liberación de Mandela &ndash ;igual que los líderes del AC- se fueron a dormir esa noche mucho más tranquilos que la anterior.
 
Yo no. Como tanto otros, acabé aquel histórico día lleno de dudas y preguntándome si Mandela estaría a la altura de lo que el mundo esperaba de él. Lo más probable era que acabara demostrando ser una persona decente, pero a sus setenta y un años ¿no estaría lamentablemente desfasado?
 
Muchas cosas habían cambiado en el terreno político a los largo de su encarcelamiento, tanto dentro de Sudáfrica como en el extranjero. Durante su ausencia había aparecido una nueva generación de jóvenes activistas negros forjada en las luchas callejeras contra una policía  mucho más violenta que la conocida  por Mandela. La caída del Muro de Berlín había alterado el panorama ideológico sobre el que se habían desarrollado las antiguas luchas políticas. La televisión todavía no había llegado a Sudáfrica cuando él entró en la cárcel. En pocas palabras, parecía muy probable que fuera demasiado viejo, que estuviera demasiado alejado de las realidades del mundo contemporáneo para poder dejar su huella en la política de su país. Al día siguiente de su liberación, sus cualidades de liderazgo iban a tener que someterse al examen de algunos de los periodistas más expertos y avezados durante una conferencia de prensa en la que lo interrogaría n sobre su política y sus planes.  ¿Acabaría todo en un fiasco?
 
Todo eso me preocupaba porque lo cierto es que en mi primer año en Sudáfrica yo no era más objetivo como periodista de lo que habría sido de haber estado haciendo el mismo trabajo en el Berlín de 1936. Los negros de Sudáfrica habían celebrándola puesta en libertad de Mandela como si hubiera llegado el día de su propia liberación, o al menos como si este se hallara a la vuelta de la esquina. Y yo deseaba creer que tenían razón. Por otra parte, a la minoría blanca del país le preocupaba que, n el mejor de los supuestos, aquello pudiera hacerse realidad la pesadilla de ver como una multitud de negros vengativos arrasaba sus hogares.
 
Sin embargo, los acontecimientos del día anterior daban a entender que tanto las esperanzas de los negros como los temores de los blancos serán infundados. En la batalla política que se abría entre Mandela y De Klerk, inventor y ejecutor del apartheid, todo parecía indicar que los malos de la película darían mil vueltas a los buenos. Tras haber ido ilegalizado en 1960, lo cierto es que el ANC era una entidad casi tan desconocida entre la población sudafricana como el propio Mandela. Desde entonces había operado en la clandestinidad, con sus dirigentes en el exilio, hasta que el gobierno de De Klerk los había legalizado apenas nueve días antes de poner en libertad a Mandela.
 
La conferencia de prensa fue reprogramada para las siete de la mañana del lunes 12 de febrero, el día siguiente a su liberación. El lugar donde se iba a desarrollar eran los impecables jardines de la residencia oficial de Desmond Tutu, quien además de ser el arzobispo anglicano de Sudáfrica, había ganado el Nobel de la Paz en 1984 por su valiente y abierta oposición al apartheid. La mansión de Tutu, una gran casa de color blanco y tejados a dos aguas al estilo colonial holandés, se alzaba al pie de Table Mountain, la imponente masa rocosa que domina Ciudad del Cabo y cuya sombra Mandela había contemplado desde el otro lado del mar durante los dieciocho años pasados en Robben Islando. EL sol brillaba, pero el aire era fresco y el rocío perlaba una fila de sillas y una gran mesa abarrotada de micrófonos. 
 
Unos doscientos periodistas llegados de todo el mudo estiraron el cuello para estudiar hasta el mínimo gesto de la pareja y seguir todos sus pasos. La imagen que ha perdurado en mi mente es la de un rey y una reina haciendo su última aparición en una representación casera de una obra de Shakeaspeare para dar su serena bendición a una curativa ceremonia de matrimonio. Sin embargo, el temor de que Mandela no fuera más que un anciano trasnochado volvió cuando tocó uno de los micrófonos y se le oyó preguntar: "¿Qué es esto?".
 
Winnie se sentó a su derecha. Había apoyado estoicamente la causa de marido durante los últimos años de encarcelamiento, a veces seguramente con más presencia de la que éste había deseado, con violento fervor. Sin embargo, para sorpresa de quienes la conocíamos, interpretó el papel de esposa sumisa y en todo momento resistió cualquier tentación de hubiera podido tener de acaparar la atención y lanzar sus propias opiniones.  A la izquierda de Mandela y también en silencio estaba Walter Si Sulu, su mejor amigo y su aliado político más fiel, el hombre que cincuenta años antes los había pasado la mitad de ese tiempo en la cárcel con él, encerrado en una celda cercana a la suya. Ambos estaban allí para brindarle apoyo moral. Como no tardaría en verse, fue un apoyo que no necesitó.
 
En sentido amplio, su misión aquel día era llegar a toda Sudáfrica y al mundo, pero su tarea inmediata consistía en ganarse a la audiencia que tenía ante sí. Tal como no tardamos en descubrir. Resultó que no había estado tan desconectado de los acontecimientos políticos como algunos de nosotros habíamos imaginado. Descubrimos que durante sus últimos años en la cárcel, cuando según supimos le levantaron las restricciones de acceso a la prensa, había sido un ávido consumidor de noticias y de hecho, al igual que cualquier político del momento, había adquirido un profundo conocimiento de lo importante que resultaba tener a su favor a los representantes de los medios de comunicación. Comenzó con nosotros igual que lo haría conmigo en los Edificios de la Unión, halagando nuestra autoestima, a menudo frágil. Su respuesta a la primera pregunta acerca de cómo se sentía aquella primera mañana como hombre libre fue exquisitamente calculada . En aquel momento no se me ocurrió considerar si estaba fingiendo o siendo sincero, simplemente me sentí fascinado y estoy seguro de que la mayoría de mis colegas también.
 
"Ante todo –dijo-, creo que lo apropiado es que nos disculpemos por no haber podido celebrar esta rueda de prensa ayer. Lamentamos no haber cumplido con nuestro compromiso." La expresión un poco pasada de moda como es "lo apropiado" -que le oiría una y otra vez en el futuro-y la frase innecesariamente solemne que la acompañada, "no haber cumplido con nuestro compromiso", dieron un toque de distinción a la disculpa y denotaron una atractiva sensación de ingenuidad que a nuestros cautivados oídos sonó como de lo más sincera.
 
"Estoy absolutamente emocionado por haber salido y también por tener la oportunidad de dirigirme a ustedes porque durante todos los difíciles años en la cárcel la prensa, tanto local como extranjera, ha sido fundamental para nosotros. Creo que la intención original del gobierno era que se nos olvidara; sin embargo fue la prensa quien mantuvo vivo el recuerdo de los que fueron encarcelado por delitos cometidos durante su actividad política, fue la prensa  la que nunca se olvidó de nosotros y por ellos estamos en deuda con ustedes. Me alegro de estar aquí, en su compañía, esta mañana."
 
La rueda de prensa duró cuarenta minutos y fue un ejercicio de seducción de principio a fin. En aquellos momentos no teníamos ni idea de la habilidad con la que habíamos sido manipulando. Los que queríamos hacer preguntas teníamos que identificarnos dando nuestro nombre y el del medio que representábamos. Mandela se mostró especialmente atento con la media docena de periodistas sudafricanos que pertenecían, según la definición del dogma del ANC, al bando enemigo. A uno que había acudido en nombre de la principal rama de propagada y desinformación del régimen, la South Africaah Broadcastig Corporation (SABC), lo saludó con un "¡Ah, hola! ¿Cómo está?"; a otro, de un periódico que representaba a los empresarios blancos, le dijo "¡Hola! ¡Me alegro de verlo!"; a un columnista político que escribía para un diario afrikáans le dio la bienvenida con un "Es estupendo verlo"; y a otro periodista afrikáans cuyo nombre recordaba de haberlo leído en los diarios le dijo: "¡Ah, sí! ¡Pero pensaba que usted sea más alto y corpulento!".
 
Por nuestra parte, esperábamos encontrarlo más frágil, pero parecía tan saludable de cuerpo como vivaz de mente. Unas semanas más tarde vería confirmada esa impresión cuando, para mi sorpresa y placer, su médico personal accedió a veme y me confesó en lo que pudo ser una pequeña violación del juramento hipocrático que la cárcel prácticamente no había perjudicado la salud de Mandela. (...)
 
La cuestión era si se hallaba en condiciones para entablar la aplazada batalla política que tenía por delante con el gobierno de la minoría blanca. ¿Tenía la inteligencia necesaria para idear el derribo pacífico del régimen del apartheid?
 
Mandela respondió a esas cuestiones con rapidez, y descubrimos que detrás de las bromas y las chanzas con los periodistas también había una considerable sustancia. Su objetivo a grandes trazos era llegar a través de la prensa hasta la compleja y dividida sociedad sudafricana y dar así los primeros pasos hacia su objetivos, en aquel momento aparentemente inalcanzable, de superar las diferencias raciales, políticas e históricas y logar ganarse la confianza de todos sus compatriotas. Igualmente importante era poder asegurar su frente interno y apaciguar las dudas en el seno del ANC.
 
Para ello habló en primera persona del plural e insistió en ello desde el principio. "Somos miembros leales y disciplinados de la organización", declaró, y lo demostró proclamado su adhesión a artículos del fe del ANC tal como eran el mantenimiento de las sanciones internacionales contra el régimen. Cuando le preguntaron por qué insistía en la alternativa de la lucha armada cuando ya era un ciudadano libre, alegró los corazones de los miembros del ANC al responder juiciosamente. "Me he comprometido con la promoción de la paz en este país… La lucha armada es puramente defensiva, un acto defensivo frente a la violencia del apartheid."
 
La cuestión habían sido expuesta sucintamente, como correspondía a un hombre que había sido abogado antes de poner sus miras en la revolución, pero de un modo tan sugestivo que nunca he oído en ningún otro apologeta de la guerrilla. El problema era que el concepto de "lucha armada" producía escalofríos a la minoría blanca. Plenamente consciente de que su misión más difícil y decisiva al regresar a la vida política era convencer al gobierno de que traspasara el poder sin violencia, había llegado a la conclusión tras largas reflexiones en la cárcel de que se había equivocado al creer que el apartheid podía ser derribado por la fuerza de las armas. El camino  pasaba por persuadir a la población blanca de que no era un terrorista entregado a la venganza, sino un líder en quien podía confiar.
 
Esta fue su respuesta cuando le pregunté si veía alguna acomodación posible entre las posiciones del ANC y el gobierno, teniendo en cuenta el conocido deseo de De Klerk de alcanzar un nuevo orden político donde los blancos tuvieran de alguna manera una voz predominante en los asunto de Estado. "El ANC está muy interesado en abordar la cuestión del temor de los blancos. Nosotros comprendemos esa inquietud y el ANC está interesado en abordar este problema para encontrar una solución que resulte adecuada por igual a los blancos y a los negros de este país".
 
Pocos blancos habrían aceptado sin más las buenas intenciones de Mandela, pero al menos entre algunos sembró la conveniente semilla de la duda. El hombre que estaba sentado allí y hablaba con tanta sobriedad como entusiasmo no se parecía en nada al temible vengador negro que pintaba la maquinaria propagandística del apartheid. De hecho tampoco se parecía al furibundo luchador por la libertad que habían detenido y encarcelado en agosto de 1962, ni al rebelde que había fundado Umkhoto we Sizwe y que, como comandante en jefe, se había inspirado, desde la barba hasta la chaqueta de camuflaje, en los héroes revolucionarios del momento: Fidel Castro y el Che Guevara. La cárcel le había recordado que para triunfar en política es necesario un fino sentido de lo que es posible y de lo que no. La prisión había templado su ardor pero agudizado su visión. No tardó en comprender que "tomar el poder a lo Castro", tal como afirmaba un lema del AC de la época, no pasaba de ser un sueño o, en el mejor de los casos, produciría una larga guerra de guerrilla y desgaste que daría como resultado lo que más adelante definió como "la paz de los cementerios". 
 
Dada la fuerza de la policía y el ejército sudafricanos, una insurrección militar al estilo cubano no resultaba factible. La trasferencia del poder, cuando llegara, se realizaría mediante negociadora, sino también como medio para imbuir en la población negra, desmoralizada por su arresto, la dignidad que produce el sentimiento de estar luchando. Pero no más perspicaces del ANC había reconocido en un lapso de franqueza que sería mejor llamar "propagada armada" a la lucha armada.
 
Cuando llegara el momento –y con Mandela por fin libre no tardaría en llegar- el abandono de la lucha armada sería un hueso estupendo para arrojárselo al presidente De Klerk. En su primera conferencia de prensa, Mandela dejó patente que sabía perfectamente que una negociación era una calle de doble sentido. Por un lado, uno intentaba sacar todo lo posible a su rival político; por otro, ambas partes acababan formando una especie de alianza, unidos por objetivo común de alcanzar lo que no podía ser sino un compromiso. Con esas ideas, Mandela sorprendió a los que estábamos presente en la rueda de prensa y al mundo en general al describir a De Klerk –que toda su vida había sido partidario del apartheid, llevaba en el Parlamento desde 1969 y había ocupado varias carteras ministeriales durante once años antes de ascender en 1989 a la presidencia del país- como "un hombre íntegro". Tampoco se mordió a la hora de manifestar  que entendía necesario que el ANC hiciera algún tipo de gesto que ayudara a De Klerk a "arrastrar con él al Partido Nacional" durante el período de transición. En otras palabras, preveía el proceso político que estaba a punto de iniciarse y comprendía que De Klerk iba a tener que luchar para convencer a la minoría blanca de que había llegado el momento de hacer concesiones. El presidente iba a necesitar la ayuda de Mandela y este, si lo creía merecedor de ella, estaba dispuesto a brindársela.
 
En realidad ya lo estaba ayudando y al mismo tiempo, servía a sus intereses a largo plazo al afirmar repetidamente ante la prensa su sensibilidad ante las inquietudes de los blancos. Sus palabras no dejaron entrever en ningún momento la idea  de que los negros pudieran hacer algo a los blancos. (...) "Queremos que se sientan seguros, que sepan que valoramos su contribución al desarrollo de este país." Se trataba de una declaración sorprendentemente generosa tratándose de una gente que, desde la llegada al continente  en 1653 de los primeros colonos holandeses, no había dejado de tratar a la población indígena en el mejor de los casos como ciudadanos de segunda clase y, en el peor, como simples esclavos. Sin embargo tras sus palabras había algo más que de una simple expresión de amabilidad humana. Mandela se nos revelaba como alguien frío y pragmático, como un fino jugador de ajedrez que iba varias jugadas por de lante de su adversario.
 
La conferencia de prensa le daba la oportunidad de airear un resentimiento que otros, en su lugar, sin duda habrían aprovechado. ¿Acaso no albergaba amargura alguna por haber pasado veintisiete años de su vida encerrado? En respuesta a esa pregunta ofreció un atisbo de los sufrimientos que había padecido, pero a la postre fue el animal político quien prevaleció. En cuanto a Winnie Mandela, teniendo en cuenta que el Estado apenas habrá mostrado clemencia hacia ella y sus dos hijas, no tuvimos forma de saber si albergaba otro tipo de sentimientos porque permaneció sentada con cara de póquer mientras su marido contestaba las preguntas.
 
"A lo largo de estos veintisiete años he perdido muchas cosas. Mi mujer se ha visto sometida a todo tipo de presiones, y para un hombre no resulta agradable ver cómo su familia tiene que vivir sin ningún tipo de seguridad, sin dignidad y sin tener con él a la cabeza de familia. Sin embargo, a pesar de lo mal que lo pasamos en la cárcel, también tuvimos la oportunidad gratificante. Uno también aprende a adaptarse a las circunstancias. En la cárcel hemos conocido a buenas personas, en el sentido de que comprendían nuestro punto de vista y hacían todo lo que estaba en su mano por intentar hacernos felices en la medida de lo posible. Eso es algo que borra cualquier amargura que uno pueda albergar."
 
La cárcel le había enseñado a adoptar un punto de vista amplio y a cultivar su autocontrol. Mandela restó importancia a las presiones que su mujer e hijas habían tenido que soportar porque se trataba de una cuestión que podía perjudicar el tono optimista que intentaba trasladar en su regreso a la vida pública. En cualquier caso no había sido nada agradable desde luego, ni para su familia ni para él, que en la cárcel se hubiera visto impotente para acudir en ayuda de los suyos. Los hombres a los que eligió para darles las gracias fueron sus carceleros, unos afrikáners políticamente toscos y racistas convencidos cuando los conoció, pero que se fueron ablandando bajo su hechizo y con los cuales, como yo llegaría a descubrir, llegó a forjar en algunos casos una relación asombrosamente estrecha. (...) No obstante, el precio que su familia había pagado -que incluía en el constante acoso de la policía y breves estancias en la cárcel para su mujer- había sido muy alto, y lo cierto era que las consecuencias de su ausencia como padre y esposo siempre lo perseguirían.
 
Declarar que había borrado todo rencor (...) fue (...) el más claro ejemplo de su habilidad para enterrar sus sentimientos por el bien de sus objetivos políticos. En cualquier caso era la mejor manera de hacer llegar a la minoría blanca el mensaje de que no tenía motivos para preocuparse porque la venganza no figuraba entre sus planes.
 
También era un mensaje dirigido a sus seguidores. Durante el año que yo llevaba viviendo en Sudáfrica, los activistas con los que me había cruzado me habían parecido en la mayoría de los casos jóvenes e impulsivos, presa fácil del discurso revolucionario y deslumbrado por las fantasías de una insurrección armada. La actuación de Mandela em la conferencia de prensa fue una declaración dirigida a ellos y al país para comunicarles que un maduro patriarca se había hecho cargo de la situación. Sus seguidores tenía que saber que la hora dela acción violeta y el lenguaje peligroso había quedado atrás. 
 
Quedaba la pregunta de cómo se mediría con los líderes blancos de Sudáfrica. Mandela tenía un oponente formidable en la persona del experimentado y culto presidente De Klerk, que, aunque solo había sido elegido por una décima parte de la población, había logrado acaparar los titulares durante los últimos meses y conseguido una gran aceptación global de su régimen poniendo en marcha iniciativas políticas que habían ampliado  el terreno de juego como nunca antes se había visto.
 
De Klerk, a quien yo había estudiado de cerca durante casi un año, era más hábil en las relaciones públicas que los distintos gobiernos del apartheid habían conocido y también el más reformista. 
 
Sin embargo, lo que me decía la evidencia que tenía ante los ojos era que si De Klerk, también abogado de formación, encarnaba a un abogado de segunda, mientras que Mandela sobresalía en los tribunales. Si De Klerk sabía sonreír ante las cámaras, Mandela tenía una sonrisa que le salía de dentro, un encanto natural y una presencia irresistible. Si De Klerk era una especie de héroe por accidente, Mandela representaba la figura del destino. En otras palabras, De Klerk era una estrella, pero pertenecía a una constelación menor.
 
A diferencia del presidente de Sudáfrica, que era un político experimentado y moderno, Mandela nunca había concedido una rueda de prensa –únicamente en una ocasión se había puesto ante un cámara y había sido en una entrevista clandestina realizada poco antes de ser encarcelado-, pero de repente se veía ante treinta cámaras y doscientos reporteros. Aun así, su aplomo  era absoluto y estaba sentado frente a nosotros como si fuéramos viejos amigos. Si bien era cierto que ante un auditorio multitudinario y leyendo un discurso escrito por otro había parecido un maestro severo y distante, no lo era menos que su talento para la comunicación funcionaba en las distancias cortas, y sorprendentemente así era como estaba transcurriendo aquella rueda de presa que se celebraba apenas veinticuatro horas después de su puesta en libertad. Respondió a todas las preguntas con educada cortesía y calculada claridad, pero también con la prudente cautela de los políticos expertos, y todo ello sin dar muestras de ser cicatero con la verdad.
 
Mandela había planteado el puño en la mesa con tanta delicadeza que apenas nos habíamos percatado de ello. De una manera que yo no había creído posible tras haber oído su discurso dela víspera, logró dejar claro que a partir de ese momento sería él quien ocuparía el centro de la escena política del país. Tal como me lo expuso posteriormente su exultante anfitrión, Desmond Tutu:
 
El miedo era, por así decirlo, que pareciera como un gigante con pies de barro, pero ¡qué maravilla, qué alegría que haya resultado ser todo lo que imaginábamos e incluso más! Y que su mensaje haya sido "intentemos el camino de la reconciliación"; los otros podrían haber respondido: "¿Y eso lo dices tú? Tú hablas a la ligera de perdonar, pero ¿qué sabes tú de nuestro sufrimiento?". Sin embargo resulta que él ha sufrido mucho más que ellos y que tiene la credibilidad de sus veintisiete años de cárcel a sus espaldas, y eso los ha hecho callar. Realmente era quien llevaba las riendas.
 
Si durante sus últimos años en la cárcel, Mandela había llevado las riendas mucho más de lo que nadie imaginaba, a partir de ese momento iba a hacerlo abiertamente, en el mundo visible. Tras despejar cualquier duda, su primera conferencia de prensa como hombre libre constituyó toda una proeza, una lección  magistral de persuasión política. Era Mandela haciendo de sí mismo y no leyendo un guion preestablecido. Era Mandela en su más pura esencia, y el ANC salió ganando con su liberación mucho más de lo que cualquiera de los escépticos que militaban en sus filas de habría atrevido a imaginar. No era un fanático. Ni siquiera era un romántico. Era una persona pragmática y dura que despertaba admiración incluso entre los descreídos más recalcitrantes.
 
Cuando la rueda de prensa finalizó, ocurrió algo que yo no había visto antes ni he vuelto a ver en mis treinta años cubriendo actos de políticos: como si nos hubiera hipnotizando para hacernos olvidar que éramos periodistas haciendo nuestro trabajo, burlándose de nuestras pretensiones de objetividad, nos arrancó una larga ovación que salía de lo más profundo de nuestros corazones.
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