
En el largo camino de la vida que nos toca, más de una vez hemos diseñado un modelo en el que las cosas son como las anhelamos. Obviamente esto no es nuevo, ni un invento propio, pero su existencia es innegable. La convención idiomática aceptó este propósito bautizándolo como utopía, a manera de homenajear a Tomás Moro, que en el siglo XVI imaginó una isla con un sistema ideal de gobierno para concretar una sociedad perfecta y justa, en la que todo se desarrollaría sin conflictos y en armonía.
Con seguridad, hasta los más noveles aprendices de líderes tienen un arquetipo de referencia, por lo que en la realidad existen decenas, sino miles de utopías, cuyo problema principal es su implementación. Algunos dirán que hay que socializar, convencer a los otros de lo lícito y beneficioso del plan…, y listo; otros tomarán el poder militarmente y ejecutarán su idea.
Entre los varios enunciados de las utopías está, por ejemplo, el derecho al trabajo, que en el caso de Bolivia está inscrito en la Constitución. Que el Estado provea empleo a todos los bolivianos en edad de trabajar es, sin duda, una utopía, por lo irrealizable, porque es poco menos que imposible que todos los médicos, albañiles, maestros, lustrabotas, conductores y etc., etc., tengan un puesto laboral permanente, en cumplimiento del enunciado constitucional. Sin embargo, es plausible que quienes dirigen circunstancialmente un país avancen en dirección a sus postulados, independientemente de que sean comunes, o no, a «la gran mayoría» de la población.
Político sin utopía es, en mi criterio, un hablador sin fundamentos, probablemente por esta característica éste tiene, en la práctica, poquísimos seguidores. Que la utopía sea inalcanzable, lo dijo un notable uruguayo, no debe ser el impedimento para seguir caminando en esa dirección.
Carlos Eddy Sandi Lora, es periodista
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