
En Bolivia, desde nuestra más tierna infancia, el binomio patria – muerte está presente, incluso aunque no entendamos el significado de las palabras y confundamos el “bolivianos el hado propicio”, con el “bolivianos helados propicio”. Después gritamos “morir antes que…”. A la patria le ofrendamos nuestra vida y creo que esto ocurre en todos los países del planeta Tierra, en los que por sus constituciones los ciudadanos están obligados a ir a la guerra, con el inminente peligro de perder la vida.
Sin las exquisiteces de los hombres de las academias, que seguramente argumentarán e irán en contra de este principio, ora por que sí o porque se formaron como anarquistas, el resto de la población no tiene cómo zafarse de la imposición. En esta línea recuerdo que Casius Clay pagó con la cárcel su negativa a ser parte del ejército estadounidense en la guerra del Vietnam, incluyendo su cambio de nombre a Mohamed Alí.
La pregunta que me surge de esta realidad es: ¿si la patria te demanda tu vida, que te da a cambio cuando estás con vida? Considero que una parte de la respuesta la tienen los que eventualmente dirigen el Estado, que debiesen utilizar todos los recursos económicos y humanos para construir un espacio más fraterno, en el que las diferencias sean lo más mínimas posible y no sea el pan de cada día que algunos paseen por las calles en sus motorizados de última generación, mientras los otros esperan el rojo del semáforo para intentar ganarse un par de centavos limpiando las suciedades de sus parabrisas. El otro segmento debe responder demandando el cumplimiento de los acuerdos inscritos en el acta constitutiva, porque ver desde detrás del alambrado cómo un par de canallas se llevan la plata de todos, es resignarse a vivir mal, aceptando que “todo está escrito”, o que es la voluntad de un ser superior.
Carlos Eddy Sandi Lora, es periodista
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